Dedicado a Antonio Castell Castell
Esta es la primera foto
que tengo con Antonio. Se apellidaba Castell Castell, muy apropiado
para un Peñiscolano de pura cepa. La partida duró 4 horas, Antonio
estaba muy oxidado pero era un campeón y nunca movía una pieza a la
ligera, le temblaba la mano mientras la movía sobre el tablero
buscando la pieza correcta, yo me sentía confiado, Antonio parecía
perdido.
Fue tomada en 2014, por
lo que ya en este momento nos había alquilado el local de la calle
Solet. Es de antes de marzo, porque aún no nos habíamos trasladado.
Esta es la primera foto
que tengo de él, es el día que nos enseñó la casa de sus padres,
donde trasladaríamos La Templanza.
Era la antigua carnicería del
pueblo, Antonio fue la séptima y última generación de carniceros
de su familia. Su mal nom ,como se dice en Peñíscola, era El
Cholero.
La tía Carmeta era
famosa por su morcillas, el secreto lo guardaba Antonio y nunca lo
reveló a nadie.
En los años 80 aún funcionaba la carnicería, y según me contó mi padre y me dijeron muchos de los que iban a comprar allí. Antonio estaba todo el día leyendo libros de ajedrez y jugando en su tablero.
En los años 80 aún funcionaba la carnicería, y según me contó mi padre y me dijeron muchos de los que iban a comprar allí. Antonio estaba todo el día leyendo libros de ajedrez y jugando en su tablero.
Hay una anécdota curiosa
entre mi padre, Antonio y yo, que os contaré más adelante.
Cuando se cerró la
carnicería, en este edificio se pusieron varios negocios, el
restaurante Viejo mesón, que luego pasó a ser el Pub Viejo Mesón,
que fue uno de los mejores garitos de Rock de Peñíscola cuando
todavía había ambiente nocturno. Y por último pasó a ser el Pub
Quijote, en las paredes todavía podía verse el nombre.
Después de eso, pasó unos cuantos años cerrado, y todas las semana Antonio subía para barrer las terrazas y ver que la casa de sus padres estaba segura. Las puertas y ventanas estaban aseguradas con tablas y trancas. No había muchas bombillas, por lo que Antonio siempre subía con su linterna e iba abriendo ventanas para que entrara la luz. Todo un ritual para mantener el patrimonio familiar.
Es en uno de esos paseos
que Antonio se para en la calle Bajada de la fuente, donde estaba la
primera Templanza, para vernos jugar a Javier Andaluz y a mi. Su
gran afición al ajedrez nos permitió conocernos. Desde ese día,
que Antonio se dejara caer por la librería, se convirtió en una
constante.
No tenía la cabeza muy
fresca, y siempre nos asaltaba con la misma historia. Sacaba su
carnet de fundador del club de ajedrez de Benicarló, nos contaba
como ganó el trofeo centenario de la Salle, y que pasados los años
la copa se estropeó porque Merche, su mujer, la había usado para
poner flores.
Otra historia que nos
contó mucho, fue la de una vez que en la casa de la cultura, algunos
pretendieron hacer un torneo de ajedrez sin invitarle. Siempre ganaba
a todos, así que se esperaron para empezar cuando ya Antonio se
había marchado, al día siguiente le dijeron que ya no podía jugar
porque habían empezado ya. Pero Antonio era un grande, fue a buscar
“al mudo” y se inscribieron los dos para jugar, por lo que no
pudieron rechazarlo. Antonio estaba muy ofendido, y al estilo de PaulNewman en la escena de (El buscavidas) les dijo que no iba a perder
ni una partida, y les ganó a todos. De premio, un tablero
electrónico de ultima generación en los 80.
Antonio tenía un sueño,
era un hombre generoso y quería que en su pueblo hubiera más
ajedrecistas, había hablado tiempo atrás con el ayuntamiento para
crear una escuela de ajedrez en Peñíscola, pero la propuesta no
interesó a quienes por aquel entonces se encargaban de la ciudad. El
tiempo, el trabajo y la familia, hicieron que Antonio fuese dejando
su pasión aparcada, hasta que finalmente sus trofeos, sus libros de
ajedrez y sus tableros electrónicos se fueron a un trastero.
Era Javier Andaluz quién
le invitaba a jugar con él al ajedrez, Javi es un buen ajedrecista,
pero Antonio rehuía siempre, porque no se sentía con la habilidad
de sus años mozos y no le gustaba nada perder. Un día se animó
por fin y desde entonces despertamos al gigante dormido.
A medida que jugábamos
al ajedrez, Antonio iba cogiendo confianza, y cada vez tardaba menos
tiempo en ganarnos la partida. Aunque jugaba lento, era imbatible.
Fuimos cogiendo amistad,
y ya sus historias empezaron a cambiar, su cabeza estaba más
fresca, nos habló de otros torneos, de sus historias de joven, de
las operaciones que llevaba encima y de todos los tajos del trabajo.
Cuando se quitaba la camiseta parecía Rambo, pues estaba lleno de
cicatrices.
Un día, subía las
escaleras y me dijo que ya no viviría mucho.
- Si le tienen que hacer a usted tantas operaciones como usted ha hecho, no se morirá nunca.Le contesté. Y me puso esa sonrisa picara que tenía. Era un hombre elegante, guapo, siempre bien vestido y oliendo a colonia. Un éxito de vida.
2
Llegó el día en que mi
madre me dio la fecha de salida de su local, la Templanza pendía
de un hilo muy fino. Teníamos poco recorrido aún, dos años y
medio, y lo que ganábamos apenas daba para un salario, suerte que no
pagábamos alquiler. “Es hora de que te busques un trabajo de
verdad” dijo mi madre.
Ella pensaba que tenía
un club social más que una librería, pero teníamos un proyecto
hermoso, y habíamos conocido a mucha gente durante esos dos años.
En el fondo no vimos el alcance del proyecto hasta el día de la
inauguración del nuevo local.
Económicamente, La Templanza como la teníamos montada no era viable, así que comuniqué a amigos y clientes que el 4 de marzo, para mi cumpleaños, íbamos a cerrar. Los más asiduos me animaron a no hacerlo, a que buscásemos un nuevo local, que todos colaboraríamos en poner en marcha. Pero yo no sabía donde podría alquilar algo que pudiéramos pagar y que me permitiera tener algún ingreso. Y fue en ese momento cuando Antonio, nos invitó a alquilar su casa de calle solet.
En principio lo que pedía
de alquiler era demasiado, pero llegamos al acuerdo de hacer un
alquiler progresivo, empezando desde algo económico y cada año
según mejorasen los ingresos, subir el alquiler poco a poco, hasta
llegar a lo que él pedía.
El nuevo local tenía
muchas posibilidades, pero estaba hecho un desastre. No teníamos
dinero para reformarlo, ni idea de como hacerlo, así que la
intención era pintar y montarlo como fuera para arrancar. Hubiera
sido un desastre de plan, si en ese momento la providencia no nos
hubiera enviado a Andrés.
Un día, cuando ya íbamos
a empezar a montar el nuevo local, pareció por bajada de la fuente
un tipo, rubio, fuerte y con cara de mafioso ruso, muy serio y
suspicaz. Todo fachada, en el fondo un ángel. Andrés, un rumano
piscis como yo, se había acercado por la libraría a que le
recomendara un libro para un amigo. Había estado un año antes, por
una publicidad que vio en Benicarló, y el libro que se llevó le
gustó. Siempre dice que se acercó para ver quien era el loco que
montaba algo como La Templanza.
- Yo soy albañil. Me dijo
- Muy bien, pero no tenemos dinero para contratarle. Le contesté.
- No, a mi me gusta tu idea, yo os ayudaré. Me respondió.
Nos ayudó con todo lo
que había que arreglar en el local, nos enseñó, nos trajo verduras
de su huerto, herramientas y materiales, y trabajó el que más. Todo
desinteresadamente, sin pedir nada a cambio.
Junto con Andrés,
pusimos en marcha un club de ajedrez, en el que Antonio fue el primer
fundador.
Y recuperaríamos la esencia del edificio, gracias a
Regina, que es una apasionada de la historia de las gentes de
Peñíscola.
Regina, había fundado un
proyecto de casa museo en Peñíscola. Al principio la puso en el
casco antiguo pero, dado que el Ayuntamiento solo pasó para hacerse
una foto y ya de apoyos no hubo ninguno, la tuvo que trasladar a una
casa de campo que le cedió un buen vecino de Peñíscola.
Yo conocía el proyecto
de Regina y me encantaba su idea, y sabía que ella quería ponerlo
en la antigua carnicería, pero que nunca había convencido a Antonio
para que le alquilara la casa. Así que la llamé, le conté mi
acuerdo con Antonio y le invité a participar en el nuevo proyecto,
incluyendo el museo en La Templanza.
Regina es un amor, y
Antonio le cogió mucho cariño, aunque prefería jugar al ajedrez
que responder las miles de preguntas que le le hacía sobre
Peñíscola, la carnicería, la tía Carmeta, y muchas cosas más.
Cuando llegaba y le contaba algo que nos había dicho Antonio siempre
decía lo mismo.
– Macachis, ya le me lo
he perdido. Tienes que grabar esas historias.
Y así fuimos, entre
partida y partida, construyendo la nueva Templanza. La transformación
del local fue formidable, y vinieron muchos amigos mas a poner su
granito de arena.
Andrés, Antonio y yo,
jugábamos al ajedrez todas las semanas, Antonio aprovechaba la excusa
de ver como evolucionaba el local, para que nos echásemos unas
partiditas, así que además de trabajar jugábamos. Después, cuando
La Templanza ya estaba en marcha, se sumaron Dani y Juanan, más
tarde y solo en verano venía Julián. Nuestro pequeño club crecía
despacio.
Hablando un día con mi
padre un día, me contó que en el 85, cuando aún vivía en
Peñíscola, había jugado un tornero de ajedrez en el bar Teatro. Mi
padre había quedado 2º y como no, Antonio el 1º. Mi padre me
regaló la placa del torneo para que la pusiera en La Templanza, y yo
le di una súper sorpresa a Antonio cuando se la mostré. Se puso muy
contento él también conservaba su placa, y se acordaba bien de mi
padre, por lo visto habían jugado más de una vez. Es curioso como
el destino quiso que 30 años después, yo me convirtiera en el 2º
Blasco que quedaba segundo contra Antonio.
3
Antonio subía, casi cada
día, a jugar al ajedrez, venía andando cuando hacia bueno, más de
un kilómetro y unos 10 escalones, a sus 83/86 y sin bastón. Otros
días le traía Merche o su hija Begoña con el coche o subía con el
suyo si se sentía seguro. Otros días pasaba Dani a buscarle.
Cuando estábamos
jugando, siempre invitaba a una ronda de cafés para todos los que
allí estábamos, “Venga consuman que hay que pagar la luz” y
sacaba la billetera. Fuimos a cenar y a comer con él al Timonel, que
era el restaurante que más le gustaba. A Dani y a mi nos tenía como
sus discípulos y amigos.
Nos decía casi cada día,
que esa podía ser su ultima partida, que no sabía si podría venir
a jugar mañana, pero siempre se levantaba y se decía “hoy puedo
jugar una partida más”. Un día incluso, mientras jugábamos, me
dijo:
- Ojalá me muriese aquí mismo.
- No Antonio como dices eso. Le respondí.
- Aquí mismo mi madre me trajo al mundo, estos años he disfrutado de mi casa, de hacer lo que más me gusta, y os he conocido a vosotros.
- Bueno Antonio, haga como usted quiera, ya llamaré yo a Merche. Le contesté en broma.
Julián, al que espero
ver este este verano, se llevó por parte de Antonio un gran
presente. Siempre nos cuenta que un día cuando se marchaban los dos,
le dijo.
- Julián yo no he tenido muchos buenos amigos, pero a ti te considero uno muy bueno.
- Muchas gracias Antonio, yo también te considero un buen amigo. Le respondió.
El último día que
jugamos con Antonio, Julián lo puso en apuros. Algo increíble
porque Julián hacía muy poco que jugaba al ajedrez y no era muy
bueno. Después Antonio jugó conmigo, y no pudimos terminar la
partida, aunque estábamos muy igualados, me dijo “Esta partida no
la vamos a terminar, no me siento bien y no estoy jugando a pleno
rendimiento” ni siquiera hicimos tablas, nos dimos la mano y
Antonio decidió volver a casa.
La última partida que
jugamos sin que ninguno venciera o perdiese, fue en el 1 de agosto de
2017, a los 86 años, Antonio se marchó y ya no volvió.
Con él incineramos el
Rey blanco de nuestro tablero, con el que tantas partidas habíamos
jugado. Su lugar, lo reemplazamos por el Rey blanco de sus fichas de
cuando era joven.
Desde entonces, cuando
alguien se sienta a jugar en nuestro tablero, siempre nos hacen la
misma pregunta “¿Se perdió el Rey Blanco?” Y la respuesta “
Si, se perdió el rey blanco”.
Sus fichas de joven, las
devolvimos a la familia, también a ellas les faltaría el Rey
Blanco.
Antonio nunca hubiera
aceptado que incinerásemos una ficha de aquel tablero, pero fue un
honor tan grande haberlo conocido, que se merecía ese último
sacrificio.
Nunca he llorado tanto a
alguien, pasé más tiempo con él que con mis dos abuelos juntos,
aún había días un año después en los que abría la librería y
pensaba que aparecería en cualquier momento para jugar.
Antonio venció a la
muerte durante mucho tiempo, para mi será inmortal.
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ResponderEliminarMuy entrañable, asi es el ajedrez, como todo,...a veces, cuando toca es magia.
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